La REVOLUCIÓN SILENCIOSA
- Miryam Sáez

- hace 11 minutos
- 3 Min. de lectura
Nada más despertarte, por la mañana, enciendes tu televisión mientras desayunas o te arreglas para ir a trabajar. La pantalla te bombardea con ruido y noticias que hoy día son bastante caóticas. Nos invaden con imágenes de enfrentamientos, cambios bruscos, disputas políticas, violencia… en verdad parece que estamos ante un mundo “revolucionado”. Sin embargo, la mayor revolución de nuestra historia empezó de una manera muy distinta: en una humilde casa de Nazaret, con una joven que estaba orando en mitad de la noche, sin imaginar por un momento que iba a ser la Madre de Dios. Su “Sí” no fue un gesto espectacular o eso es lo que parece… porque con su “consentimiento” inauguró la Revolución silenciosa que transformó para siempre la vida del hombre.

En una cultura obsesionada con destacar, María eligió desaparecer.
En una sociedad que compite, Ella decidió servir.
En un tiempo lleno de ruido, Ella guardó silencio.
Y lo más hermoso es que no llevó una vida extraordinaria a los ojos del Mundo, sino una vida típicamente normal: tenía su casa, su Familia, su cansancio, su dolor… pero todo esto lo vivió desde Dios, y ahí está la verdadera revolución: convertir lo cotidiano en un lugar sagrado y hacer de lo sencillo algo eterno. Ya nos lo decía San Maximiliano Kolbe:
“solo el amor crea”
O también Santa Teresa de Lisieux:
“Hacer las cosas pequeñas con un amor grande”

Porque cambiar el mundo no siempre significa hacer grandes cosas que sean vistas y reconocidas. Lo verdaderamente significativo, lo que puede marcar la diferencia es amar, ser fiel, permanecer, no rendirse, confiar cuando no se entiende, y seguir creyendo cuando todo parece oscuro y sin salida. La Inmaculada nos recuerda que la transformación real no nace de fuera hacia adentro por más que nos empeñemos, sino de dentro hacia afuera: del corazón a la vida, del alma a los gestos, de la fe a lo concreto, de la paciencia a las tribulaciones... Ella no hizo ruido, no buscó aplausos pero dejó una huella tan silenciosa y real que dios ha mantenido su Eco hasta hoy.
De esta actitud, de esta verdadera revolución, los Consagrados al Inmaculado Corazón de María debemos alimentarnos. No estamos llamados a ser protagonistas, sino testigos. Tampoco debemos imponernos sino servir, tal y como lo hizo la Virgen en vida. Ser Caballero de la Inmaculada no es solo llevar un nombre bonito con orgullo sino vivir de una manera muy concreta:
Amar como María ama…
Confiar como María confía…
Servir como María sirve…
Callar como María calla…
Permanecer como María permanece…

Nuestra misión no es formar parte del mundo ruidoso que parece colapsar. Imitar a María es entender que seguir la Voluntad de Dios es alcanzar la verdadera alegría porque es el único modo de tener esa PAZ, que nada ni nadie te puede arrebatar. El impulso del mundo es fuerte y grita para llamarnos la atención de mil maneras diferentes. Pero… ¿vale la pena?
Que nuestra vida hable de María, que nuestros gestos la reflejen, que nuestro corazón se parezca al suyo y que, como Caballeros de la Inmaculada, seamos parte de esa Revolución Silenciosa que no siempre se ve... pero que lo cambia todo.
TOTUS TUUS
EGO SUM
Miryam Sáez.


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