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¿Lo sabías? LOS 40 DÍAS DE MARÍA


Según la Mística, cuando Jesús partió hacia el desierto para cumplir su ayuno de cuarenta días, la Virgen María no permaneció separada de Él, sino que participó íntimamente en su mismo ejercicio físico y espiritual. Ella, al entender que Jesús había iniciado su retiro, cerró las puertas de su casa y se aisló en su oratorio sin que nadie supiera. Durante cuarenta días y cuarenta noches, Ella se quedó allí sin salir, sin ocuparse de otras tareas que eran habituales en su vida cotidiana. Rompió su rutina radicalmente para seguir los pasos del Redentor al milímetro. Lo único que hizo fue unirse a su Hijo y a su Dios en ayuno, oración, postraciones, sufrimientos… observando con total precisión cada gesto que Jesús hacía en el desierto. Por una Gracia especialísima, conocía todo lo que Él estaba viviendo sin importar la distancia física que había entre Ellos. Su Unión es tan grande que sobrepasa las leyes naturales, y la cooperación de Ella con Él es Total desde que dijo “Sí” al Arcángel San Gabriel. La Virgen nada se guardó para si misma. Todo lo dio en ese Misterio de Asociación, para que nuestra Redención sea completada, tal y como lo dictó el Decreto Divino ya desde el Génesis.



Este hecho no fue un simple simbolismo, sino que literalmente la Madre de Dios realizaba las mismas prácticas espirituales y físicas a la vez que su Hijo. Si Jesús hacía genuflexiones, postraciones, oraciones, penitencias etc., María replicaba en su oratorio exactamente las mismas acciones, como si estuviera con Él en el desierto porque, efectivamente, son dos Corazones latiendo al unísono. Su ayuno fue tan estricto como lo fue el de Jesús, y su oración era tan intensa que se dice que cooperó con Él en sus ruegos, obteniendo incluso victorias sobre el enemigo y satisfaciendo a Dios por el bien de la humanidad. María fue su fiel Compañera. ¡Cuánto debemos aprender de esto, de la Presencia Maternal de María!

Y todo lo vivió en absoluta intimidad, sin testigos humanos, sin ruido ni espectáculos… prueba de su gran Humildad. Su participación fue una Cooperación real en el Misterio de la Cuaresma de nuestro Redentor. Ella imitaba su entrega en cada instante, de una manera que ninguno de nosotros podríamos llegar a comprender. Esa es una de las Maravillas de nuestra Madre.

Al concluir los cuarenta días, María salió de ese retiro físico y espiritual sabiendo que Jesús, había cumplido su misión de preparación para su Bautismo y posterior vida pública.



La vida de la Virgen nos enseña que el Amor verdadero no se mide por gestos grandiosos ni por reconocimiento, sino por la fidelidad silenciosa y la entrega del corazón. En su silencio y oración constante nos muestra que cada sacrificio, cada instante de entrega y cada dificultad pueden unirse al plan de Dios, y convertirse en un acto de amor que trasciende lo visible. Con su ejemplo, nos da la ruta de cómo debemos vivir esta Cuaresma, como tiempo preparatorio, para recibir el Acto de Amor Divino más grande. Ella le imitó, y eso es justo lo que María espera de nosotros. Estaba atenta, como nosotros debemos estarlo, a cada gesto que su Hijo hacía, en la lejanía, y repetía lo que Dios hecho Hombre hacía, actuando como si fuera un Espejo, el más Limpio y Puro, donde Jesús podía reflejarse. Era ese silencio a la escucha que cerró las puertas al Mundo para centrarse únicamente en Dios. La Inmaculada nos invita a imitar a Cristo sin miedo, de tal manera que podamos decir sin ningún tipo de dudas, que cada uno de nosotros hemos acompañado a nuestro Redentor en su Cruz y Gloria.


TOTUS TUUS

EGO SUM

Miryam Sáez


 
 
 

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